Que claro que hay cambios que comienzan en silencio e inician cuando una persona reconoce que algo ya no funciona, advierte una conversación que necesita ocurrir, se da cuenta de que está repitiendo una conducta, observa una relación que necesita otra manera de ser habitada o identifica que ha postergado una decisión durante demasiado tiempo.
Y entonces aparece una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: “Tengo que resolverlo solo.” la cual tiene como punto de partida las siguientes premisas: Pedir apoyo debilita el proceso; compartir una pregunta resta autonomía; y, ser capaz significa no necesitar a nadie; sin embargo, muchas de las transformaciones más importantes de la vida no ocurren solo porque una persona decide cambiar, sino que suceden porque esa persona encuentra con quién sostener esa decisión.
En otras palabras: La transformación es personal y no tiene por qué ser solitaria.
El mito de poder con todo
Existe dos formas de independencia: Una que puede resultar poderosa y otra que se convierte en aislamiento, donde la primera permite asumir responsabilidad mientras que la otra impide pedir ayuda.
La primera dice: “Me corresponde hacerme cargo de mi vida.”
La segunda afirma: “Si necesito a alguien, entonces no soy fuerte.”
¡Son conversaciones muy distintas!
Una persona puede ser responsable de sus decisiones y, al mismo tiempo, reconocer que hay momentos en los que requiere una conversación diferente, una mirada externa, una pregunta que no se había formulado o la presencia de otros mientras atraviesa un proceso importante. De allí se desprende un importante postulado: Responsabilidad no significa hacerlo todo solo, con objeto de reconocer qué acciones son necesarias y elegir aquellas que permiten avanzar y una de esas acciones es, precisamente, dejarse acompañar.
Hay cosas que no se alcanza a ver desde adentro
Toda persona observa la realidad desde una determinada historia, compuesta por experiencias pasadas, creencias, interpretaciones, miedos, expectativas, conversaciones familiares, aprendizajes, éxitos y fracasos.
Ese conjunto construye una manera particular de mirar el mundo, siendo una mirada tan natural que a veces resulta difícil distinguirla.
Una persona puede pasar años diciendo: “Yo siempre he sido así”, “Las relaciones son complicadas”, “El dinero nunca alcanza”, “No tengo tiempo”, “No soy bueno para eso”,
“Ahora no es el momento” y vivir esas frases no como interpretaciones, sino como si fueran hechos objetivos; por lo tanto, una conversación con otros puede abrir algo que en soledad permanecía invisible. No porque ellos tengan la respuesta, sino porque pueden hacer una pregunta que ese individuo nunca se habría hecho, mostrar una contradicción, señalar una posibilidad, ofrecer otra interpretación o simplemente escuchar hasta que esa persona se escuche a sí misma de una manera diferente.
La comunidad no reemplaza la responsabilidad
Existe también un riesgo en el extremo contrario y es que buscar apoyo no significa entregar a otros la responsabilidad sobre la propia vida, dado que una comunidad no decide por una persona, tampoco elige por ella, no atraviesa sus conversaciones, no sostiene sus compromisos cuando nadie está mirando, no puede vivir su vida en su lugar porque el proceso sigue siendo individual.
Cada persona continúa siendo responsable de aquello que declara, de las decisiones que toma y de las acciones que sostiene. La clave está en que una comunidad ofrece algo extraordinariamente valioso: Un contexto.
¿Cuál? Un contexto donde una declaración no desaparece al día siguiente, una decisión puede ser recordada, una pregunta puede continuar abierta y donde alguien puede decir: “Dijiste que esto era importante para ti. ¿Qué ocurrió?”. No desde el juicio, sí desde el compromiso.
El entorno también conversa con nuestras posibilidades
Las personas no construyen su vida en aislamiento dado que el lenguaje de quienes las rodean importa, así como importan también las expectativas, las conversaciones, los modelos que observan y el nivel de responsabilidad que una comunidad normaliza.
Cuando alguien comienza a transformar una práctica, descubre que su entorno estaba organizado alrededor de la versión anterior de sí mismo; de tal manera, cambiar incomoda a la propia persona, así como también a quienes estaban acostumbrados a relacionarse con ella de determinada manera.
De ahí se desprende que los grandes cambios requieren nuevos contextos y espacios donde exista una conversación diferente, donde: Aprender sea legítimo, reconocer una contradicción no sea interpretado como fracaso, decir “no sé” no reduzca el valor de alguien, equivocarse no signifique abandonar y pedir apoyo no sea una declaración de incapacidad.
En ese sentido, la comunidad se convierte en un espacio donde una nueva manera de ser encuentra condiciones para comenzar a existir.
No se transforma quien nunca se incomoda
Una comunidad poderosa tampoco existe para proteger a sus miembros de cualquier incomodidad dado que una buena conversación puede confrontar, mostrar algo que una persona prefería no mirar, hacer visible la distancia entre lo que alguien dice querer y aquello que realmente está haciendo, revelar promesas incumplidas e incomodar una historia cuidadosamente construida para explicar por qué algo todavía no ha cambiado.
El acompañamiento no siempre se siente cómodo y no tendría por qué serlo; por ejemplo, amar a alguien no es validar cada explicación que ofrece, sino también hacer una pregunta que abra responsabilidad: ¿Qué estás eligiendo?, ¿Qué estás evitando?, ¿Qué conversación falta?, ¿Qué promesa hiciste?, ¿Qué estás dispuesto a hacer diferente?
Una comunidad comprometida no rescata: Acompaña; no reemplaza decisiones, sino que las recuerda; y, no entrega respuestas, sino que apoya a construir preguntas distintas.
La palabra cambia cuando alguien la escucha
Existe algo profundamente humano en declarar una decisión frente a otros.
Mientras una intención permanece en el pensamiento, puede modificarse sin dejar demasiadas huellas, como las siguientes: “Voy a comenzar”, “Voy a hablar”, “Voy a cambiar”, “Voy a poner un límite”, “Voy a hacerlo después”.
Cuando esa intención se convierte en palabra y alguien más la escucha, ocurre algo distinto: Aparece una promesa.
No porque la otra persona tenga autoridad sobre la vida de quien declara sino porque esa palabra dada comienza adquiere peso específico; por lo tanto, la transformación requiere espacios donde aquello que una persona declara pueda ser escuchado y luego observado. De tal manera: ¿La acción fue coherente con la palabra?, ¿La emoción sostuvo el compromiso?, ¿Apareció miedo?, ¿Hubo retroceso?, ¿Se necesita volver a elegir?
La comunidad permite que una declaración tenga continuidad.
Acompañar también es recordar quién dijo alguien que quería ser
Hay días en los que una persona recuerda con absoluta claridad por qué comenzó, así como en otros solo recuerda el cansancio; días en los que una visión parece posible y otros en los que volver a lo conocido resulta deliciosamente tentador.
Por eso una comunidad acompaña durante el entusiasmo y apoya a sostener la memoria cuando éste desaparece; es decir, recordar aquello que alguien declaró, el futuro que dijo querer construir, las conversaciones que decidió dejar atrás, las prácticas que prometió comenzar, la persona que eligió llegar a ser.
Por obvio que parezca es importante recalcarlo: Los procesos humanos no avanzan en línea recta, pues hay avances, retrocesos, dudas, descubrimientos, errores, renovaciones; en consecuencia, el compromiso consiste en darse cuenta cuando hay un desvío y volver a elegir.
Transformarse con otros no es volverse igual a otros
La comunidad saludable no uniforma, no crea copias, no exige que todos quieran lo mismo, no define qué debe significar éxito para cada persona y tampoco impone una única respuesta sobre familia, carrera, dinero, propósito, relaciones o espiritualidad; por el contrario, una comunidad verdaderamente transformacional abre espacio para que cada persona observe con mayor claridad qué quiere construir y desde dónde quiere hacerlo.
De tal manera, la pertenencia no exige renunciar a la autenticidad, sino que la fortalece. Acompañarse no es caminar hacia el mismo destino, necesariamente. Es poder caminar distintos senderos mientras se comparten conversaciones que elevan el nivel de responsabilidad, conciencia y humanidad.
Hay preguntas que se responden mejor acompañado
¿Qué estoy evitando?, ¿Dónde estoy siendo incoherente?, ¿Qué conversación requiero tener?, ¿Qué parte de mi vida estoy justificando?, ¿Qué promesa he dejado de cumplir?, ¿Qué apoyo necesito pedir?, ¿Qué estoy dispuesto a dejar atrás?, ¿Qué futuro estoy construyendo con mis decisiones actuales? son preguntas profundamente personales cuya paradoja es que son más sencillas de contestar en comunidad, porque las otras personas no traen la respuesta sino algo mejor: Una pregunta que permite encontrarla. Es la auténtica epifanía que altera la realidad y crea un nuevo contexto de vida.
No necesitas hacerlo solo
La idea de cambiar resultar intimidante, más aún cuando una persona siente que lleva años intentando resolver lo mismo y donde la causa, quizás, nunca fue la falta de voluntad, sino que faltaba una nueva conversación, un contexto distinto. Sí, una comunidad de personas capaces de escuchar sin rescatar, confrontar sin destruir, acompañar sin controlar, recordar sin exigir perfección, celebrar sin exagerar, misma que preguntará, cuando sea necesario: ¿Qué elegiste construir?
La transformación comienza dentro y se acelera porque se sostiene en otros.
Alma Essence: Una experiencia que también se construye en comunidad
Alma Essence – Liderazgo desde el SER propone un entrenamiento vivencial de crecimiento humano y coaching ontológico donde cada participante observa su propia vida, sus conversaciones, sus decisiones y los resultados que está construyendo.
El proceso sigue siendo individual pues nadie puede elegir por otra persona y tampoco puede transformar por ella aquello que ésta no está dispuesta a mirar; sin embargo, existe algo poderoso cuando distintas personas coinciden en un espacio con una intención compartida: Observarse con honestidad y abrir nuevas posibilidades. La comunidad no hace el trabajo por nadie; sin embargo, empezar a construir una nueva vida en un contexto de acompañamiento, donde una nueva elección tiene espacio para comenzar, es maravilloso. Quizá por eso, frente a aquello que una persona lleva tiempo queriendo transformar, además de preguntarse: “¿Qué requiero hacer diferente?” podría cuestionarse: “¿Por qué hacerlo todo en soledad?”

