No todas las vidas que buscan transformación parecen estar en crisis porque existe la percepción de que todo funciona.
La persona se levanta, cumple con sus responsabilidades, responde mensajes, trabaja, resuelve problemas, lleva a los hijos, paga cuentas, atiende reuniones, llega a casa, revisa el teléfono, conversa un poco, duerme y al día siguiente vuelve a comenzar.
No necesariamente “está mal” pero tampoco está eligiendo lo que quiere para su vida y ahí aparece una de las formas silenciosas de desconexión personal: Cuando la vida continúa funcionando mientras la persona deja de preguntarse si la vida que está viviendo sigue siendo la que quiere construir.
Eso es vivir en automático.
Que no se entienda como estar distraído o vivir sin conciencia alguna pues no va por ahí. El automatismo es, de hecho, una capacidad profundamente humana y necesaria dado que, si hubiera que deliberar cada mañana sobre cómo cepillarse los dientes, conducir, escribir, abrir una puerta o preparar café, probablemente la existencia sería agotadora. Por eso que los hábitos liberan energía.
El problema surge cuando esa extraordinaria capacidad de automatizar comportamientos se traslada también a decisiones, relaciones, interpretaciones y formas de vivir que quizá hace mucho tiempo dejaron de ser revisadas.
Somos criaturas de hábitos
William James, uno de los padres de la psicología moderna, escribió hace más de un siglo: “All our life, so far as it has definite form, is but a mass of habits.” En español: Gran parte de la forma concreta que adquiere la vida está constituida por hábitos. Inclusive señalaba que las virtudes y los vicios pueden organizarse como hábitos capaces de conducir de manera progresiva la existencia en una determinada dirección.
La investigación contemporánea ha profundizado aquella intuición.
En un estudio sobre formación de hábitos en la vida cotidiana, Phillippa Lally y sus colegas observaron que la repetición de una conducta, dentro de un contexto estable, incrementa progresivamente su automaticidad. En tal sentido, encontraron enormes diferencias individuales: No existe una cifra mágica universal para crear un hábito y el proceso puede necesitar bastante más tiempo de lo que suelen prometer las fórmulas populares.
Eso tiene una enorme utilidad y también abre una pregunta: ¿Qué sucede cuando aquello que se automatizó ya no produce la vida que una persona quiere?
El automático no siempre se siente como tal
Está claro que nadie despierta pensando: “Hoy voy a vivir de manera inconsciente.” El juego es que el automatismo es más elegante al disfrazarse de normalidad, desde frases como las siguientes: “Así es el trabajo”, “Todas las relaciones se vuelven así”, “No tengo tiempo”, “Cuando las cosas estén tranquilas empezaré”, “A esta edad ya es complicado cambiar”, “Siempre he sido así”.
Si bien pueden describir circunstancias reales, el sabotaje se ejecuta cuando dejan de funcionar como descripciones y comienzan a convertirse en conclusiones incuestionables sobre lo que es posible.
¿Cuál es el efecto o la consecuencia? Que la vida se organiza alrededor de respuestas conocidas: Silencio frente al conflicto; postergación ante el miedo; resignación frente al cansancio; explicación sobre por qué no es el momento cuando aparece una oportunidad; postergación frente a una conversación pendiente y así sucesivamente.
Por lo tanto, aquello que alguna vez fue una elección termina pareciendo simplemente “la vida que tocó”.
El cerebro ama aquello que no necesita volver a decidir
Daniel Kahneman popularizó la distinción entre dos formas de procesamiento mental. A una de ellas la denominó Sistema 1 y la describió como aquella que opera “automatically and quickly, with little or no effort” es decir, automática, veloz y con poco esfuerzo consciente. El Sistema 2, en cambio, requiere atención, concentración y deliberación. Y no es que la una “es buena” y la otra “es mala”, sino que el ser humano requiere de ambas.
Sería absurdo detenerse a realizar un profundo análisis existencial cada vez que hay que cambiar de marcha mientras se conduce; sin embargo, muchas decisiones importantes terminan siendo administradas desde respuestas que alguna vez fueron útiles y que solo se ejecutan porque son conocidas.
Es así que la persona no vuelve a preguntarse si quiere seguir trabajando de esa manera. Tampoco revisa cómo está conversando con su pareja, no observa qué relación mantiene con el dinero, no cuestiona por qué siempre posterga el cuidado de su cuerpo, no distingue cuánto tiempo lleva prometiéndose comenzar aquel proyecto.
No porque no le importe sino porque se acostumbró, lo cual tiene una ventaja peligrosa: Deja de doler lo suficiente como para obligarnos a mirar.
No “estar mal” no significa “estar bien”
Existe una zona compleja de la experiencia humana que no es sufrimiento extremo ni tampoco plenitud. Corresponde al territorio donde las cosas funcionan “suficientemente”. Por ejemplo:
El trabajo no apasiona, pero paga las cuentas; la relación no conecta y tampoco está destruida; la salud no está bien, pero todavía permite continuar; el proyecto personal no avanza, aunque sigue existiendo en alguna carpeta de la computadora; las conversaciones importantes no ocurren y la convivencia permanece.
Entonces los sueños no desaparecieron, sino que fueron perdiendo fecha y este es uno de los mayores precios a pagar de vivir en automático: No destruye la vida pero sí la va haciendo pequeña y en algunos casos carente de significado.
Cuando resignarse parece madurar
Henry David Thoreau escribió en Walden una de sus frases más conocidas: “The mass of men lead lives of quiet desperation.” y a continuación añadió una observación provocadora: “What is called resignation is confirmed desperation.”
Más allá del contexto histórico en que fue escrita, la distinción continúa resultando incómodamente vigente, dado que resignación y aceptación se leen similares desde afuera y no son la misma conversación.
Aceptar implica reconocer aquello que existe sin negar los hechos mientras que resignarse puede concluir que, porque algo existe de determinada manera hoy, no existe ninguna posibilidad de relacionarse con ello de otra forma mañana.
Dicho de otra manera, la aceptación observa la realidad y la resignación clausura el futuro.
Una persona acepta que su situación económica actual tiene determinadas restricciones y otra cosa es declarar que nunca podrá construir algo diferente.
Alguien acepta que una relación atraviesa dificultades, lo cual es distinto a asumir que así son todas las parejas.
Una persona reconoce que tiene miedo y otra es concluir que como tiene miedo no puede hacerlo o conseguirlo.
La diferencia parece pequeña pero ontológicamente es gigantesca.
El precio que no aparece en ninguna factura
Cuando se habla de costo se piensa en dinero. La cosa es que algunas decisiones cuestan de maneras que jamás aparecen en un estado de cuenta.
¿Cuánto cuesta sostener durante años una conversación que ya no funciona, no poner un límite, permanecer en una profesión que dejó de tener sentido sin siquiera explorar las posibilidades, posponer el cuidado de la salud, decir durante cinco años “algún día voy a empezar”, acostumbrarse a no decir lo que se siente y vivir esperando que algo externo cambie primero?
Son costos difíciles de medir que se pagan en tiempo, energía, vínculos, oportunidades, conversaciones que nunca ocurrieron y versiones de nosotros mismos que nunca llegaron a ser exploradas.
Quizá el costo más delicado sea el dejar de notar el precio que se está pagando.
El automático también vive en el lenguaje
Desde una mirada ontológica, una persona no solamente describe el mundo mediante el lenguaje, sino que también construye posibilidades con él. Por eso expresiones que se sienten inocentes se convierten en auténticas estructuras desde las cuales se organiza la existencia: “Yo soy así”, “No puedo”, “No tengo alternativa”, “Algún día”, “Ahora no”, “Cuando tenga tiempo”.
Estas frases no necesariamente son falsas; sin embargo, merecen ser interrogadas o cuestionadas. ¿Es realmente imposible o es difícil?; ¿No existe alternativa o ninguna de las alternativas disponibles resulta cómoda?; ¿No hay tiempo o existen prioridades que ocupan ese tiempo?; ¿Todavía “no es el momento” o esa frase lleva años acompañando la misma decisión una y otra vez?
Una pregunta genuina busca abrir posibilidades y crear nuevos escenarios.
Interrumpir el automático no es destruir la vida
Hay otra idea que puede detener una transformación: Creer que cambiar significa romper con todo, entendido como renunciar mañana, terminar la relación, mudarse de ciudad, emprender de inmediato, modificar cada hábito, convertirse en otra persona antes del viernes. ¡No! La primera transformación es casi invisible y viene de la mano de detenerse, observar, escuchar el diálogo interno frente a determinada situación, reconocer qué emoción aparece, distinguir cómo reacciona el cuerpo ante esto y preguntarse desde cuándo esa respuesta se convirtió en la única disponible.
Ese es el momento de formular la pregunta sencilla y poderosa: ¿Estoy eligiendo esto hoy o estoy repitiendo una elección que dejé de revisar?
Ahí comienza la transformación desde la interrupción interna por sobre una revolución externa.
Volver a elegir
Existe una diferencia enorme entre continuar haciendo algo porque fue elegido versus seguir en lo mismo porque nunca volvió a ser cuestionado.
Una persona podría revisar conscientemente su trabajo y elegir quedarse; observar su relación y decidir seguir construyéndola; revisar una meta abandonada y concluir que ya no le pertenece. Eso también es libertad. De tal manera, transformarse no es vivir cambiándolo todo de forma permanente, sino recuperar la capacidad de elegir en plena consciencia tanto aquello que se sostiene como lo que requiere ser rediseñado. Incluso permanecer puede ser una elección poderosa cuando deja de provenir de la resignación.
No todo lo conocido merece seguir siendo repetido
Los hábitos son necesarios, lo propio las rutinas, porque la estabilidad tiene valor; no obstante, ninguna de ellas debería convertir el pasado en una sentencia sobre el futuro.
Thoreau escribió que ninguna manera de pensar o actuar, por antigua que sea, debería permanecer fuera de revisión por el sencillo hecho de que siempre ha estado allí.
En consecuencia, una vida consciente no consiste en escapar de todos los automatismos sino en saber cuándo despertar dentro de ellos; por ejemplo, volver a mirar una relación, el cuerpo, el tiempo, el dinero, las conversaciones o aquella promesa que alguna vez tuvo fecha y después vivió indefinidamente en “algún día” y preguntarse: ¿Esto todavía conversa con la persona que estoy eligiendo ser?
Una conversación puede interrumpir años de repetición
En Alma Essence – Liderazgo desde el SER, una parte esencial del proceso consiste en ampliar la capacidad de observación.
No se trata de decirle a alguien qué debe cambiar y tampoco de asumir que toda incomodidad exige abandonar aquello que existe.
Se trata de crear conversaciones donde una persona pueda distinguir desde dónde está interpretando su vida, qué patrones está sosteniendo y qué posibilidades quizá dejaron de ser visibles porque lo conocido comenzó a parecer inevitable.
Por lo tanto, la transformación no comienza haciendo algo extraordinario sino reconociendo aquello que se había vuelto demasiado cotidiano para ser visto. En tal sentido, la pregunta no es: ¿Qué “está mal” en mi vida? sino ¿Qué parte de mi vida llevo tanto tiempo viviendo en automático que ya ni siquiera recuerdo cuándo dejé de elegirla? Y después de esa pregunta aparece una aún más importante: Ahora que puedo verla… ¿qué quiero elegir?

